sábado, 10 de noviembre de 2012

'El Ejército de Dios Sale de Egipto' (Éxodo 12:29-51)



Luego de una larga espera, y una tremenda lucha espiritual, llegó el momento de la liberación del pueblo de Israel.  A medianoche, Dios ejecutó Su juicio contra Egipto (v.29).  El sufrimiento fue universal (v.30).   En medio de su gran dolor, Faraón ordena al pueblo de Israel a irse de su tierra (v.31).  Extrañamente, pide la bendición de Dios (v.32b).  Los demás egipcios simplemente quieren que se vayan, temiendo por sus vidas (v.33).  Pero, los hijos de Israel no salieron con las manos vacías; “despojaron a los egipcios” (v.35-36), como Dios había dicho.

No sabemos el número exacto de las personas que salieron de Egipto, sólo que había unos 600,000 varones, mayores de veinte años (v.37; Núm 1:45-46).  Si sumamos una cantidad similar de mujeres, y luego añadimos a los niños, estaríamos hablando de una cifra no menor de un millón y medio de judíos.  Dios había cumplido Su palabra de formar una gran nación (Gén 46:3).  Con ellos, salió un grupo de personas de otras razas que también eran esclavos en Egipto (v.38). 

Fue un momento histórico; una fecha que los hijos de Israel debían recordar y celebrar cada año, para siempre (v.42).  Otros podían hacerlo, siempre en cuando, eran circuncisos (v.44, 48).  La circuncisión era importante, porque era la señal del pacto.  Nadie que no era un miembro del pacto podía participar de la celebración pascual (v.48b).

Aunque salió un tremendo número de personas, la salida no fue desordenada.  Salieron “por sus ejércitos” (v.51); salieron “todas las huestes de Jehová” (v.41).  En ambos textos, la palabra en hebreo es, ‘tsaba’.  Este término significa una masa de personas organizadas como un ejército.  Eso nos hace recordar que la Iglesia también, lejos de ser una masa desorganizada de personas, debe ser un solo cuerpo; un ejército espiritual.  Unidos, bajo la dirección de Cristo, para cumplir los propósitos de Dios el Padre.

REFLEXIÓN: Es hermoso saber que somos salvos; que hemos sido librados del poder del pecado.  Pero, ¿entendemos el lugar que ocupamos en el Cuerpo de Cristo?  ¿Estamos sirviendo en el ejército del Señor?

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