lunes, 3 de diciembre de 2012

'Los Atrios de Jehová' (Éxodo 27:1-21)



Afuera del tabernáculo había un altar de bronce (v.1-8).  Era  un poco más de dos metros cuadrados, con una altura de un metro y medio (v.1).  Aunque el pasaje describe los materiales y la confección del altar, debemos pensar más en cómo se usaba el altar.  Era el lugar de sacrificio.  Los sacerdotes no podían ingresar al Lugar Santo, sin antes haber hecho un sacrificio.  En la misma manera, nosotros (como ‘sacerdotes’), no podemos entrar en la presencia de Dios, o servirle, sin el sacrificio de Cristo.  Para nosotros, el altar de bronce representa la cruz del calvario.  

Rodeando todo el tabernáculo, había un patio (v.9-19).  La Reina Valera lo llama, el “atrio”.  Era 45m de largo (v.9), por 22.5m de ancho (v.13); con una altura de 2.5m.  Nadie podía ingresar a ese patio, aparte de los sacerdotes.  Uno se imagina la envidia con la cual los hijos de Israel contemplaban a los sacerdotes ingresar y salir del patio.  David lo expresó en las siguientes palabras:

Anhela mi alma y aun ardientemente desea los atrios de Jehová;
 Porque mejor es un día en tus atrios que mil fuera de ellos    
                                                                                       (Sal 84:2, 10)

El ‘atrio’ era el lugar donde los sacerdotes adoraban a Dios. 

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
 Por sus atrios con alabanza    (Sal 100:4)

Durante todo el Antiguo Testamento, sólo una fracción de la población de Israel entraba a ese patio.  Ahora Dios ha abierto las puertas de Sus atrios de par en par, y millones y millones de personas ingresan cada día (especialmente los domingos) para alabar a Dios.  ¡Qué increíble privilegio!

Finalmente, el pasaje detalla la clase de aceite que se usaba para encender el candelabro, que iluminaba el Lugar Santo (v.20-21).  Tenía que ser “aceite puro de olivas machacadas” (v.20).  Ese aceite simboliza el Espíritu Santo, quien es dado a cada creyente, para iluminar su mente y corazón, y concederle los frutos y los dones espirituales necesarios para poder servir a Dios.  Tal como el candelabro tenía que estar encendido toda la noche (v.21), así el creyente debe brillar constantemente en las ‘tinieblas’ de este presente siglo.  En la eternidad, ¡ya no habrá tinieblas!

REFLEXIÓN: ¿Somos concientes del privilegio de estar en los “atrios” de Jehová?  ¿Nos acercamos a Dios, para servirle, confiando en la sangre de Cristo?   ¿Estamos llenos del “aceite” espiritual, para alumbrar en este ‘mundo’, sin dejar que nuestra ‘luz’ se apague (ver Mat 25:1-13)?

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